LA CIUDAD ANTIGUA FUSTEL PDF

De ellos podemos inferir las opiniones que el hombre se formo al principio sobre su propia naturaleza, sobre su alma y sobre el misterio de su muerte. De esta creencia primitiva se derivo la necesidad de la sepultura. Estas creencias dieron pronto a lugar las reglas de conducta. Las tumbas eran los templos de estas divinidades.

Author:Nikolkree Doujora
Country:Iran
Language:English (Spanish)
Genre:Spiritual
Published (Last):18 June 2010
Pages:322
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De ellos podemos inferir las opiniones que el hombre se form al principio sobre su pro- pia naturaleza, sobre su alma y sobre el misterio de la muerte. Por mucho que nos remontemos en la historia de la raza indo- europea, de la que son ramas las poblaciones griegas e italianas, no se advierte que esa raza haya credo jams que tras esta corta vida todo hubiese concluido para el hombre.

Las generaciones ms antiguas, mucho antes de que hubiera filsofos, creyeron en una segunda exis- tencia despus de la actual. Consideraron la muerte, no como una diso- lucin del ser, sino como un mero cambio de vida. Pero, en qu lugar y de qu manera pasaba esta segunda existen- cia? Se crea que el espritu inmortal, despus de escaparse de un cuerpo, iba a animar a otro?

No; la creencia en la metempsicosis nunca pudo arraigar en el espritu de los pueblos greco-italianos; tampoco es tal la opinin ms antigua de los arios de Oriente, pues los himnos de los Vedas estn en oposicin con ella. Se crea que el espritu ascen- da al cielo, a la regin de la luz? Tampoco; la creencia de que las almas entraban en una mansin celestial pertenece en Occidente a una poca relativamente prxima; la celeste morada slo se consideraba como la recompensa de algunos grandes hombres y de los bienhechores de la humanidad.

Segn las ms antiguas creencias de los italianos Yde los griegos, no era en un mundo extrao al presente donde el alma iba a pasar su segunda existencia: permaneca cerca de los hombres y continuaba viviendo bajo la tierra.

Era tan fuerte esta creencia, aade Cicern, que, aun cuando se estableci el uso de quemar los 1 by Quattrococqdrilo Tambin se crey durante mucho tiempo que en esta segunda exis- tencia el alma pem1aneca asociada al cuerpo.

Nacida con l, la muette no los separaba y con l se encerraba en la tumba. Por muy viejas que sean estas creencias, de ellas nos han queda- do testimonios autnticos. Estos testimonios son los ritos de la sepul- tura, que han sobrevivido con mucho a esas creencias primitivas, pero que haban seguramente nacido con ellas y pueden hacrnoslas com- prender.

Los ritos de la sepultura muestran claramente que cuando se coloca- ba un cuerpo en el sepulcro, se crea que era algo viviente lo que all se colocaba. Virgilio, que describe siempre con tanta precisin y escr- pulo las ceremonias religiosas, termina el relato de los fuherales de Polidoro con estas palabras: "Encerramos su alma en la tumba.

Se le deseaba vivir feliz bajo tierra. Tres veces se le deca: "Que te encuentres bien. Se escriba en la tumba que el hombre reposaba all, expresin que ha sobrevivido a estas creencias, y que de siglo en siglo ha llegado hasta nosotros.

Todava la empleamos, aunque nadie piense hoy que un ser inmortal repose en una tumba. Pero tan firmemente se crea en la antigedad, que un hombre viva all, que jams se prescinda de enterrar con l los objetos de que, segn se cuerpos, se continuaba creyendo que los muertos vivan bajo tierra.

Eurpides, Helena. Virgilio, VI, ; Xll, XXIII, Ctulo, C. II, ; lll, 68; XI, X, Sil tibi! VII, Marcial. I, 89; V, 35; IX, Se derramaba vino 4 sobre la tumba para calmar su sed; se depositaban alimentos para satis- facer su hambre. Un verso de Pndaro nos ha conservado un curioso vestigio de esos pensamientos de las antiguas generaciones. Frixos se vio obligado a sa- lir de Grecia y huy hasta Clquida. En este pas muri; pero, a pesar de muerto, quiso volver a Grecia.

Se apareci, pues, a Pelias ordenn- dole que fuese a la Clquida para transportar su alma. Sin duda esta alma senta la aoranza del suelo de la patria, de la tumba familiar; pero ligada a los restos corporales, no poda separarse sin ellos de la Clquida. Para que el alma permaneciese en esta morada subterrnea que le con- vena para su segunda vida, era necesario que el cuerpo a que estaba ligada quedase recubierto de tierra.

El alma que careca de tumba no tena morada. Viva errante. En vano aspiraba al reposo, que deba an- helar tras las agitaciones y trabajos de esta vida; tena que e1rnr siem- pre, en forma de larva o fantasma, sin detenerse nunca, sin recibir jams las ofrendas y los alimentos que le hacan falta. Desgraciada, se converta pronto en malhechora. Atom1entaba a los vivos, les enviaba enfem1edades, les asolaba las cosechas, les espantaba con apariciones lgubres para advertirles que diesen sepultura a su cuerpo y a ella mis- ma.

De aqu procede la creencia en los aparecidos. Virgilio, En. Luciano tambin habla de esta costumbre. Tcito, An.. X, ; XI, , 1 9 7. R Pndaro, Pit.. IV, cdic. Hcync, V. Troad, l Hcrodoto, V, Virgilio, Vl, Horacio, Odas. Plinio, Epis1. No con la ostenta cin del dolor quedaba realizada la ceremonia fnebre, sino con el re.

Tambin era preciso observar ritos tradicionales y pronun. En Plauto se encuentra la historia de un aparecido: 11 es un alma forzosamente errante porque su cuerpo ha sido entenado sin que se observasen los ritos. Suetonio refiere que enterrado el cuerpo de Calgula sin que se realizara la ceremonia fnebre, su alma anduvo errante y se apareci a los vivos, hasta el da en que se decidie- ron a desenterrar el cuerpo y a darle sepultura segn las reglas.

Puesto que sin ellos las almas perma- necan errantes y se aparecan a los vivos, es que por ellos se fijaban y ence1Taban en las tumbas. Y as como haba fmmlas que posean esta virtud, los antiguos tenan otras con la virtud contraria: la de evo- car a las almas y hacerlas salir momentneamente del sepulcro.

Puede verse en los escritores antiguos cunto atonnentaba al hom- bre el temor de que tras su muerte no se observasen los ritos. Era sta una fuente de agudas inquietudes. No debemos de sorprendemos mucho al ver que, tras una vic- toria por mar, los atenienses hicieran perecer a sus generales que haban descuidado el ente1Tar a los muertos.

Esos generales, discpulos de los filsofos, quiz diferenciaban el alma del cuerpo, y como no crean que la suerte de la una estuviese ligada a la suerte del otro, haban supuesto que importaba muy poco que un cadver se descompusiese en la tie- rra o en el agua. Por lo mismo no desafiaron la tempestad para cum- 10! Hctor ruega a su vencedor que no le prive de la sepultura: "Yo te suplico por tus rodillas, por tu vida, por tus padres, que no entregues mi cuerpo a los perros que vagan cerca de los barcos griegos; acepta el oro que mi padre te ofrecer en abundancia y dcvulvclc mi cuerpo para que los troyanos y troyanas me ofrezcan mi parte en los honores de la pira.

I, 18, v. Phr 1 vana formalidad de recoger y enterrar a sus muertos.

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La ciudad antigua

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